Informe Uruguay

¿Qué buscas en Informe Uruguay?

NEWSLETTER GRATUITO





SEMANARIO INFORME URUGUAY ¿QUIÉNES SOMOS?

MENSAJES DE LA REDACCIÓN

STAFF

SITIOS AMIGOS


Excursión a las artes y letras.

AUTOR  Carlos Maggi
Rate this item
(1 vote)

Un día como hoy, era verano, estuvo Leopoldo Novoa en Montevideo y hablamos mucho; y me dejó papeles. Fue una recuperación que no pudimos nombrar. Habíamos gastado demasiado tiempo sabiendo muy poco del otro; y de pronto, compartíamos alborozados, esa rara confianza, que solo se da cuando uno empieza a vivir y hace los amigos de toda la vida.

 

 

Columna de Carlos Maggi.

 

 

 

Un día como hoy, era verano, estuvo Leopoldo Novoa en Montevideo y hablamos mucho; y me dejó papeles. Fue una recuperación que no pudimos nombrar. Habíamos gastado demasiado tiempo sabiendo muy poco del otro; y de pronto, compartíamos alborozados, esa rara confianza, que solo se da cuando uno empieza a vivir y hace los amigos de toda la vida.

Tuve tiempo por esos días de recorrer catálogos y fotos.

Desde la entrada al Museo de Arte Moderno de la ciudad de París, eran más de cien las muestras importantes de Leopoldo; de Francia a Italia y después Irlanda, España, Noruega, Alemania, Sudáfrica, Bélgica, Holanda...; y sigue y sigue, la lista.

Supe un dato pintoresco, Leopoldo fue el uruguayo sobre el cual mejor opinó Julio Cortázar: "...los piolines que el arte de Novoa alza como nadie a su condición de signos, de indicaciones, de instrumentos para una náutica que acata otras cartografías...".

Conocí la reproducción de la formidable escultura que Corea le encargó para las olimpiadas. Vi cuadros alucinantes.

Comprobé, con emoción provinciana, que un mural inmenso que nació en la redacción del diario "Acción", fue continuado en Europa; el mismo mural, el más grande del mundo, el más partido del mundo: empieza con 600 metros cuadrados rodeando el estadio del Club Cerro, en Montevideo, y sigue, con 2.100 metros cuadrados en La Coruña, España.

Siempre sin atender, los Novoa, a la dimensión del mar que les queda ínfimo, en el medio de sus grandes ademanes; humillado; ante este galaico transatlántico.

Me cuenta que en su casa de Armenteira, en Galicia, se levanta temprano y enciende la chimenea del taller y que esta ceremonia mañanera empieza con el retiro de la ceniza del día anterior.

- "Quemo troncos enteros. Una vez, estaba hincado y toqué la lisura de la ceniza y sentí que era como nada. Es... nada. La sensación en la yema de los dedos, me sacó para otro lado. Esa lisura es lo que ya no queda, cuando pasó todo y somos ceniza. Lo sientes en el tacto; está ahí, ¡nada! Y el color tiene ese mismo frío, como satinado, que tiene la hoja de una navaja. Entonces, traté de pintar con ceniza; estuve seis meses buscando el solvente, la liga, que se yo. Probé de todo hasta que di con los discos abrasivos; cortan piedra y el polvo de diamante no se desprende. Conseguí ese pegamento que viene a París desde EE.UU. me basta para pensar que mis cuadros van a durar más que la `Última cena` de Leonardo", dijo modestamente.

Leopoldo me mira y sigue frotando los dedos, el pulgar contra el índice y el mayor. No tiene nada que agregar, está repitiendo la sensación de aquella mañana cuando tocar ceniza lo dejó solo ante algo grave.

- Es eso…

Pinta sin explicar, la suavidad del tiempo transcurrido. La vida que se fue… deslizando, suavecita. Los cuadros de esa serie se pueden leer como las manos: las líneas del porvenir y el contragolpe de un sentimiento trágico.

Eso, conserva Novoa de su país; la ausencia, el hueco; campos desiertos, inmensidad de extensión sin gente; Montevideo: cuajado de llenos y vacíos. Los críticos franceses citan a Supervielle a propósito de esta sensación de lejanía y pampa sin tocar.

Yo pienso, italianamente: un exiliado está siempre demasiado solo con su tango. Esté aquí o allá, cantará infaliblemente, un bien perdido.

No vi, en estos preciosos veinte catálogos de Leopoldo Novoa, la figura humana. Es su manera desgarrada, de ser afectuoso.

Dice sin decir que está solo. Cuando el talento pone grandeza, la morriña (cosa de aldea) deja de lamentarse y se hace arte. Mi amigo, el gran gallego con quien compartimos la juventud en Montevideo y fundamos y fundimos revistas de arte, ahora es un pintor importante en París. Después de consagrado (preciosa fidelidad) declara en el Pompidou: "Uruguayen, né a Pontevedra". Nació hijo de nuestro cónsul en esa ciudad.

Leopoldo es uno más del vaivén migratorio en el cual se especializó esta familia Novoa, que alterna ya cinco generaciones, naciendo aquí y en España, pasándose el Atlántico, cada pocos años, como un charco chico. Frente a ejemplos como estos es que queda tan desairada la quejumbre a propósito de los muchachos que se van. Se van ¿y qué? Vuelven y crecen, sea aquí o allá, según su talento y la fuerza de su carácter. Y ninguno deja de volver...a su manera. Leopoldo tiene cuatro nietos nacidos en Venezuela.

Un día inolvidable, mi hijo está con Leopoldo en su casa de Galicia y le muestra dibujos (un acto de fe) y Leopoldo le dice: Esto es bueno y el lugar donde lo pueden apreciar es Nueva York. Y esas pocas palabras signaron el destino, que ha sido muy generoso con Marco.

Vuelvo a mi tema (después de esta digresión sobre mi forma de exilio) para agregar una constancia referida a los jóvenes turcos, pertenecientes a la generación del 45.

En la segunda sede de "Acción", en la redacción de la calle Camacuá, Maneco Flores, Zelmar Michelini, Teófilo Collazo, Glauco Segovia, Carlos Mario Fleitas, Lalo Paz Aguirre, Luis Hierro Gambardella, Jorge Batlle y un poco mas lejos (por más chiquilín) Julio María Sanguinetti, nos turnábamos para escribir en la página política, junto con el Presidente de la República, Luis Batlle; y Fernando Fariña y don Manuel Rodríguez Correa.

Teodoro Gogliardi daba clases de esgrima y Leopoldo, bajo el seudónimo de Lázaro, era el caricaturista (demasiado intelectual y demasiado abstracto, según don Luis) pero con una fuerza de imaginación arrolladora. Dentro de esa redacción estaba a punto de debutar, Menchi Sábat.

Para temas generales, estaban Ángel Rama, Mario César Fernández, Carlos María Gutiérrez, José Pedro Díaz, Alfredo Mario Ferreiro y Juan Carlos Onetti... (todo pasado goza de esplendores).

En torno a Leopoldo Novoa se dio uno de los mundillos del 45 que nunca se nombra. Otro gran centro (ese sí, bastante comentado), fue el Café Metro y su barra sobre la cual María Inés Silva Vila escribió un libro único ("45 por uno"). Con su bonhomía habitual, Mario Benedetti prologó esa obra en su edición de "Fin de Siglo", mostrando, con toda razón, el otro campo del fenómeno literario de ese tiempo.

"Es claro que un título más exacto hubiera sido 22,5 x 1", ya que la otra mitad de la generación del 45 virtualmente queda excluida, no por un propósito excluyente o discriminador, sino sencillamente porque se trataba de gente que estaba (estábamos) en la otra orilla. Salvo una puntual referencia a Emir Rodríguez Monegal, con quien el grupo mantuvo una curiosa relación de amor/odio, y una escueta mención a Idea Vilariño, a quien la autora distingue desde lejos caminando por la playa, el otro 22,5 no comparece en estos testimonios. Después de todo, no me parece mal; más aún, esa limitación a la geografía literaria en que la autora se formó, trabajó y maduró, acrecentó en mí caso el interés como lector".

Leave a comment

Los campos indicados con (*) son requeridos.
Su direccion de email no sera publicada.

ARTÍCULOS POR FECHA

« November 2017 »
Mon Tue Wed Thu Fri Sat Sun
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30      
EL CLIMA EN NUESTRO PAÍS