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Se puede prevenir el suicidio. Featured

AUTOR  Centro de Colaboraciones Solidarias
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La Organización Mundial de la Salud mantiene que el suicidio no es una enfermedad ni necesariamente la manifestación de una enfermedad, pero considera los trastornos mentales un factor importante asociado con el suicidio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Guerrero, cortesía del Centro de Colaboraciones Solidarias

 

 

 

La Organización Mundial de la Salud mantiene que el suicidio no es una enfermedad ni necesariamente la manifestación de una enfermedad, pero considera los trastornos mentales un factor importante asociado con el suicidio.
Las estadísticas muestran que cada año se suicidan un millón de personas en el mundo, mientras que más de 20 millones lo intentan; y, en España, desde 2008, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte no natural. La mayoría de los suicidios se pueden prevenir, aunque no es fácil valorar la posibilidad de que una persona se suicide. Cada persona es única y tiene su particular manera de vivenciar las situaciones y de interpretar la realidad, convirtiéndola de manera subjetiva en su realidad.
La mayoría de personas con ideas suicidas dan avisos de sus intenciones. Por eso es importante prestar atención y tomar en serio las amenazas. También hay que tener en consideración el “cómo” son expresadas. ¿Aparecen solo en situaciones estresantes?: “esto no lo soporto, si me muriera me quedaría tranquila”. ¿Son fluctuantes o martillean de forma continua y obsesiva? ¿Son ideas activas del tipo “voy a quitarme la vida, quiero desaparecer”, o son pasivas: “ojalá me pase algo y me muera de una vez”?
El tratamiento psicológico es necesario en todos los casos, tanto en personas con trastornos como la depresión, el alcoholismo y la esquizofrenia como en personas que han cometido intentos de suicidio o mantienen una ideación suicida recurrente ante situaciones estresantes.
La vinculación y el sentimiento de pertenencia en un sistema a partir del cual desarrollamos nuestra identidad personal alimentan nuestro deseo de vivir. Cuando la desvinculación o el desarraigo domina la relación con el entorno personal, aparece el aislamiento manifestado por la falta de interés por los demás, la comunicación escasa, el encerramiento en sí mismo favorecido por el fortalecimiento de mecanismos de defensa que acrecientan el muro ante la vida.
Los modelos aprendidos suponen un referente poderoso. La imitación de respuestas ante el estrés puede dar como resultado la muerte en los casos en los que personas significativas optaron por el suicidio. Recuerdo una adolescente de 16 años que hasta en dos ocasiones se lanzó por el mismo balcón de su casa del que se había lanzado su madre apenas unos años antes. En una de esas ocasiones, por un desengaño amoroso; en la otra, por un suspenso y el temor a decepcionar a su padre.
La desestructuración familiar supone otro riesgo por cómo alteran la personalidad la falta de amor, de comunicación abierta y las carencias de cuidado y afecto.
Las ideas suicidas se gestan en el tiempo. La persona da forma a la salida de la angustia, la desorientación, la frustración y la desesperación en la que vive.
Algunos tipos de personalidad son especialmente vulnerables sobre todo cuando existe una tendencia a vivir anclados en el pasado traumático. El presente no tiene posibilidad de ser vivido y, el futuro es tan solo una anticipación de nuevas situaciones dolorosas y traumáticas que alimentan el resentimiento y actitudes victimistas.
En la depresión grave es donde aparecen con más frecuencia las ideas suicidas ya que afecta a la persona a vivir en un estado de angustia y malestar permanente, en la que dominan sentimientos de tristeza profunda, irritabilidad, decaimiento, ausencia de entusiasmo, desgana por todo o casi todo. La sensación más frecuente es la vivencia de estar en un “pozo negro” que no tiene salida.
La relación con los otros disminuye, los ritmos circadianos se alteran y afectan los estados de sueño y alimentación; el nivel energético es muy bajo, por lo que la vivencia es de cansancio; como dicen algunas personas, “no puedo con mi alma”.
Desde este estado de alteración, la persona deprimida siente un dolor en el alma que vive como insoportable y se constituye en un círculo cerrado, una vivencia sin salida en la que la angustia impide el contacto con la experiencia real y anula las posibilidades de afrontamiento de las que dispone.
El paso al acto suicida está relacionado con el grado de esta vivencia de desesperación. El suicidio tiene lugar cuando la persona traspasa el límite de tolerancia al dolor psíquico.
El suicidio no es un defecto del carácter ni de la moral, es un desequilibrio entre el dolor y los recursos para vencerlo. Por tanto, una manera de enfrentar la situación es fomentar y potenciar los recursos personales y orientarlos de forma que nos permitan reducir el sufrimiento.

 

 

 

 

 


María Guerrero


Psicóloga, profesora de la Universidad de Murcia y colaboradora del Teléfono de la Esperanza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Last modified on Sunday, 16 June 2013 00:01

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