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AUTOR  Dr. Marcelo Gioscia Civitate
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Debemos retrotraernos al 2002 para encontrar un momento tan similar al actual con relación a la conveniencia de adquirir bienes en la vecina y hermana República Argentina. La diferencia cambiaria, así como el congelamiento de precios dispuestos en los supermercados argentinos, hace que los pesos uruguayos rindan más que en nuestro suelo, y por ello,  casi a diario –y no solo por la semana de turismo- se suceden largas colas de vehículos dispuestos a cruzar los puentes para comprar artículos de consumo cotidiano, sensiblemente más baratos que aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Remito opinión", del Dr. Marcelo Gioscia Civitate

 

 

 

 

Debemos retrotraernos al 2002 para encontrar un momento tan similar al actual con relación a la conveniencia de adquirir bienes en la vecina y hermana República Argentina. La diferencia cambiaria, así como el congelamiento de precios dispuestos en los supermercados argentinos, hace que los pesos uruguayos rindan más que en nuestro suelo, y por ello,  casi a diario –y no solo por la semana de turismo- se suceden largas colas de vehículos dispuestos a cruzar los puentes para comprar artículos de consumo cotidiano, sensiblemente más baratos que aquí. Esto se multiplica aún más, si se cruza el charco con dólares y el turista se arriesga a transformarlos en el mercado paralelo -en pleno micro centro porteño- donde los “arbolitos” (agentes del mercado informal dedicados a esta tarea) ofrecen comprarlos a un sesenta por ciento más del precio estimado oficialmente. Y entonces… la conveniencia de la ganancia, hace atreverse al más tímido de nuestros compatriotas, adquiriendo en la vecina gran ciudad, pasajes aéreos o paquetes turísticos completos, a precios sensiblemente menores… incluso a pesar del nuevo impuesto del 20% dispuesto por el gobierno de Cristina Fernández de Kischner, en su afán por impedir la fuga de divisas en este rubro.


Nuevamente, el péndulo favorece a nuestros consumidores, que se cuestionan hasta la indignación, también el valor que se asigna en nuestro país por bienes que consiguen allí más baratos y analizan quiénes son los que se quedan con esa diferencia. Esta circunstancia beneficia también por cierto a nuestros vecinos del norte que, con una moneda más fuerte que la nuestra, pueden hacer buenos negocios en una Argentina que siempre los atrajo. ¿Hasta cuándo durará esta ventaja relativa? ¿Seguirá creciendo el espiral del consumo en la otra orilla? ¿Cómo se afectará nuestra realidad? ¿Podrán nuestras industrias y nuestros comercios, mantenerse sin sentir esa fuga? ¿Cuánto se resentirá nuestra recaudación tributaria?


A nadie escapa que descendieron las ventas por colocación de nuestros productos a la Argentina y que hoy, nuestro gobierno está enfocado a incrementar los negocios con Brasil. Tampoco que la política aplicada por nuestros vecinos, ha afectado a nuestro país en lo que tiene relación con el desarrollo de nuestro turismo. ¿Hasta cuándo podrá sostenerse esta situación?


Mientras el consumo se sigue dando, Argentina (que no reconoce la inflación, ni proporciona índices de medición confiables) sigue apostando a no generar un cambio brusco en la cotización de su moneda y sigue dando muestras de inseguridad financiera a sus ciudadanos, deseosos de adquirir dólares a un precio mayor al oficialmente estimado ¿No estaremos ante una crisis encubierta, que explotará más temprano que tarde?


La sensación de incertidumbre y desconfianza -que se advierte por los analistas de la vecina república hermana- es la que refuerza la corrida ascendente del dólar blue o paralelo, que se presenta como bien escaso que hay que tratar de conservar, sin que sus tenedores se arriesguen a invertirlo en actividades o empleos que generen un crecimiento verdadero y sustentable.


Lo cierto es que, nuevamente, y como ocurriera en los meses previos a la crisis del 2002, los uruguayos nos vemos tentados a realizar nuestras compras o surtidos básicos fuera de nuestro país, utilizando “mientras dure” una circunstancia de relativa ventaja financiera, sin advertir tal vez en forma conciente que, a la postre la economía local será la que se deteriore.

 

 

 

 

 

 

 

 


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